Por: Lidia Romero y Jessica Sabina

La concepción patriarcal de la vejez femenina, nos presenta a las abuelas como personas tiernas, sumisas, dulces y puedelotodo. Buscar refugio maternal en el regazo de quien nos defiende y consiente, se ha convertido en leitmotiv de las historias de nietas y nietos. Las abuelas, según el pacto patriarcal, son seres intocables, cuasi angelicales, carentes de sexualidad y con conductas heteronormadas.

En la sociedad cubana actual, los niveles de envejecimiento poblacional amenazan con decrecer, en gran medida, el reemplazo de sujetes en edad laboral. Asegurar que las ancianas puedan elegir opciones diferentes a las que hoy existen es una necesidad. Aunque no son suficientes, los artículos incluidos en el anteproyecto del Código de las Familias referidos a los derechos de las abuelas, ayudan a reivindicar su papel dentro de la sociedad cubana.

Por primera vez, se incluyen dentro del ámbito familiar como parientes responsables legalmente de la guarda y cuidado de los menores de edad, reconociendo el papel de las abuelas como parte de la crianza de nietas y nietos. Se establece legalmente la importancia de la comunicación intrafamiliar y la prohibición de privarles de interacción y comunicación con los menores de edad con una relación de parentesco establecida.

Se establecen, además, normas que regulan el cuidado y la atención por parte de sus descendientes, esclareciendo que es responsabilidad de estos el cuidado de las personas de la tercera edad, así como el respeto a su autonomía y derecho a participar en las decisiones familiares, y por primera vez se establecen consecuencias jurídicas para quienes violen estas normas.

En el Artículo 8. Papel de abuelas, abuelos, otros parientes y personas afectivamente cercanas el código establece «El estado reconoce la importancia de abuelas, abuelos, otros parientes y personas afectivamente cercanas en la transmisión de las tradiciones, cultura, educación, valores, afectos y en las labores de cuidado.» Ciertamente, las abuelas se han convertido en la memoria viva de nuestra herencia cultural, más allá de lo establecido en este código.

Fueron nuestras generaciones precedentes, quienes lucharon y establecieron procesos sociales que han devenido en derechos y luchas continuadas, en caminos recorridos por los que hoy no tenemos que transitar. Muchas de nuestras abuelas fueron transgresoras en cuestiones que hoy normalizamos, pero que en cada momento históricos se convirtieron en batallas.

En 1997 se modificó, finalmente el Código Penal, eliminando las relaciones no heteronormadas como delito. Gracias al Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) y al trabajo de activistas independientes que nos antecedieron, se han logrado una serie de derechos para la comunidad LGBTIQ+. Fueron nuestras abuelas quienes lograron la configuración del código que hoy se nos propone. Con la aprobación del matrimonio igualitario se les ofrecerá protección legal a muchas parejas que por décadas han sufrido la discriminación familiar.

Por vez primera también, se reconoce la labor doméstica de madres y abuelas y su aporte a la economía familiar, especificando que deberán acceder a una suma monetaria por parte del cónyuge en caso de divorcio, así como el derecho sobre bienes patrimoniales obtenidos en el matrimonio.

Ampliando, además, el concepto de familiaridad de acuerdo con los vínculos afectivos y no consanguíneos se asegura una protección a ancianas que no tengan descendencia directa, a personas LGBTIQ+ discriminadas por sus parientes consanguíneos y afirma su derecho sobre bienes adquiridos a lo largo de su vida.

Reconocer la importancia de las labores de cuidadoras, generalmente delegadas en nuestras abuelas, es también un recorrido en la dirección correcta. Son las abuelas las condenadas a quedarse en casa y cuidar no solo de enfermos encamados o del abuelo que descansa luego de una vida de trabajo, sino de nietas y nietos.  

El anteproyecto del Código de las Familias no es la respuesta para asegurar protección a aquellas personas que nos refugiaron y protegieron siempre, pero es un gran paso en una lucha que se libra batalla a batalla. El derecho a una vejez digna, el reivindicar a las abuelas lesbianas, trans, luchadoras y activistas, la posibilidad de romper con los mitos a su alrededor, la oportunidad de elegir cómo transitar por sus años de gloria y sabiduría adquirida, más que un derecho es una deuda que tenemos con ellas.